
Ruta de los colonizadores
Entre los circuitos o zonas culturales y, en forma convencional, se toma el área centro de la provincia de Santa Fe haciendo eje en la ciudad de Esperanza, sobre la ruta provincial Nº 70, incluyendo también las ciudades y pueblos cercanos: Humbold, Pilar, Nuevo Torino, Rafaela, San Jerónimo Norte, San Carlos Centro, etc. donde entre los años 1856 y 1870, se instalaron sucesivas colonias dentro de gestiones públicas y privadas, las cuales dieron al país, una organización típica de la producción agropecuaria.
La tarea, para realizar el presente trabajo, fue la de recorrer la zona descripta y recoger la impronta indeleble de la cultura y cómo ella a influenciado en la vida diaria y de relación con los demás habitantes de la provincia de Santa Fe, a sabiendas de la importancia que ha tenido, esta primera colonia, en el resto del país.
Primera Colonia Agrícola
Llama la atención que, en el Salón Blanco de la municipalidad de Esperanza, se encuentra una placa que recuerda la realización del Primer Congreso de la Enseñanza Agropecuaria de Argentina. La misma, constituyó el principal argumento del sacerdote del Verbo Divino, Padre Luis Kreder, para solicitar la creación de la Facultad de Agronomía y Veterinaria de Esperanza, lo cual se concretó en el año 1960, con fondos provenientes de la Fundación Atveniat de Alemania. Ello, al mismo tiempo, es un reconocimiento implícito a la importancia de la instalación en la zona, de la primera colonia agrícola organizada del país.
Municipalidad de Esperanza. Foto del autor
Según los estudiosos locales que han escrito sobre este importante evento de la historia Argentina:
“El 15 de junio de 1853 se firmó el contrato de Colonización entre el Gobierno de Santa Fe y el empresario Salteño don Aarón Castellano, por el cual el gobierno provincial, autorizaba a introducir en territorio santafecino 1.000 familias procedentes de Europa, que fueran honestas y laboriosas y, a cambio, cedía tierras para su explotación.
Inmigrantes. Foto Museo del inmigrante
Entre fines de enero y comienzo de junio de 1856, llegaron las 200 primeras familias colonizadoras, procedentes de diferentes regiones de Suiza, Alemania, Bélgica, Francia y Luxemburgo, dando origen así a la primera colonia agrícola organizada del país.
Monumento a la colonización. Esperanza. Foto del autor
Los pobladores se ubicaron en dos secciones, separadas por una franja de terreno que dio origen al radio urbano. En la del Este, se establecieron aquellos que hablaban francés: en su mayoría eran católicos, y en la del Oeste, aquellos que hablaban alemán, en su mayoría protestantes.
Una vez instalada la colonia, se sumarían los Italianos; más tarde con el transcurrir de los años, Españoles, Polacos, Sirios – Libaneses, Rusos, Checos, Judíos y hasta algunos Japoneses dando, de esta manera un verdadero mosaico cultural y étnico.
La Superficie de la colonia dedicada a la agricultura, comprendía, 210 concesiones de 30 has. cada una, divididas entre sí por caminos internos. Cada familia agricultora, recibía una pequeña parcela, que los transformaba en propietarios de la tierra que trabajaban. Este proceso inició la gesta colonizadora que se propagó hacia diferentes puntos del país, y que generó un gran impulso al desarrollo económico y cultural de la Nación, durante décadas.
Los primeros en llegar:
Al mismo tiempo, varias fuentes documentales nos amplían aquella epopeya vivida por los primeros colonos traídos por Aarón Castellano. Así es como se encuentra en el museo de Humbolt, una corta narración hecha por don Roberto Zehnder, venido en uno de los primeros contingentes, a la provincia de Santa Fe, traducida posteriormente desde el alemán por don Santiago Reutemann y que formaba parte de un libro de anotaciones del viajero.
Placa de homenaje a los primeros colonos de Humboldt. Foto del autor
“Anotaciones durante mi inmigración desde Suiza a la República Argentina:
El 26 de octubre de 1855 abandonamos Basel, adonde hemos llegado antes de mediodía en ómnibus y nos alojamos en una hostería de nombre El Buey Colorado.
Tomamos en Klein Basel y así comenzó el viaje a lo largo de la ribera del río hasta Menhein, donde llegamos a la tarde y pasamos la noche en una hostería. El día 21 de octubre, al amanecer, tomamos un barco a vapor y así fue corriente abajo, bien y alegre.
Inmigrantes. Foto Museo de los inmigrantes
En algunas piezas de la hostería se asociaron varias familias alemanas, para emigrar con nosotros; conseguimos compañía de dos empleados de la casa Beck y Herzog en Basel, llegando ya muy tarde en Kôln. De mañana temprano del día 28 dejamos Koln por tren pasando por Bélgica y Mecheln-Lilla, el 29 antes del mediodía hacia Dunkerque permaneciendo más o menos durante 30 horas de viaje en tren.
Inmigrantes. Foto Museo de los inmigrantes
En Dunkerque, nos alojamos primero en un cuartel militar, en el cual quedamos sólo pocas horas debido al mal estado del edificio. Protestamos ante nuestro acompañante Augusto Klin, “su constructor”, sobre el mismo, Van Duren se quejaba y debido a eso, en la misma tarde conseguimos buen alojamiento.
A nuestra llegada a Dunkerque, se encontraron algunas familias Belgas, Francesas y Croatas, las que también tenían el mismo programa de viaje que nosotros.
Si bien fuimos alojados todos en un gran salón, parecido a un casino, la hospitalidad fue suculenta, nos dieron cerveza o vino a gusto de cada uno. Uno de nuestros acompañantes, regresó desde Dunkerque de vuelta a Basel, el Sr. Crandlech quedó con nosotros. El día 7 de noviembre nos embarcamos a bordo del buque inglés “Kile Bristol”. Nos acomodamos bien y el 9 de noviembre a las 10 horas abandonamos el puerto y la ciudad, que esa mañana, en honor a nuestra despedida se vistió de blanco, pues la noche anterior cayó abundante nieve, que desde entonces no he visto más.
Nuestro viaje fue de 8 – 10 días muy cómodos, uno se acostumbra a todo.
El alojamiento era suficiente, algo mejor hubiera podido ser. De mañana, con el café sirvieron galletas duras como piedra. Eran de harina de centeno, biscochuelos untados con manteca y azúcar amarilla; a mediodía sopa con arroz y carne salada con papas; de noche sopa con arroz. Algunos días había carne vacuna, después carne de cerdo salada, que ya el día antes había que poner al remojo, sino no se podía comer.
Inmigrantes. Foto Museo de los inmigrantes
Todos juntos éramos más de 150 personas de las cuales durante el viaje, murieron 5 a 6 niños; los adultos resistieron bien. El viaje fue despacio, pero nos entreteníamos; los más jóvenes cantaron cantos de su patria y así fue todo bien.
Tormentas no nos molestaron. Mas bien había poco viento; cómico encontramos aquel viaje, del intenso frío al gran calor: Nieve en Dunkerque y tres semanas después, la gran calor africana. Viajar en barco a vapor era en aquel entonces un milagro. Solo hemos visto en nuestro viaje en altamar, que duraba tres meses, dos o tres barcos, mientras empezaba a escasear el agua para tomar.
Cambió el curso el Capitán, rumbo a Río Janeiro donde llegamos el día de año nuevo 1856.
Varios de nuestros compañeros de viaje se dedicaban a escribir o a leer junto con cinco chicas. En la ciudad encontramos por todos lados gente que hablaba el alemán y nos recibieron muy bien.
A la tarde vino una fuerte tormenta que no nos permitió volver a bordo. Esa noche quedamos en Río donde fuimos recibidos por una familia de Frankfurt de nombre Konrad Zinner que nos alojó esa noche.
Al día siguiente, después de la tormenta de viento y lluvia volvimos a bordo de nuestro barco, que estaba anclado aun durante media hora. Después que nuestros depósitos fueron provistos de mercadería fresca, navegamos de nuevo en alta mar, con dos pasajeros alemanes que viajaron de Río a Buenos Aires.
Inmigrantes. Foto Museo de los inmigrantes
Nuestro capitán también cambió de Syeward inglés, y en Río a otro, un alemán. Así siguió nuestro viaje sin tropiezos de importancia hasta llegar el 15 de enero a las aguas amarillas del Río de la Plata. Desde ya fue visible Montevideo. Luego llegó un piloto a bordo y continuó el viaje por el Río Amarillo, si bien ya la primera noche hubo mucha marejada y era menester desviar un barco con otro, con mucho cuidado.
Al día siguiente seguimos navegando para llegar a la tarde de 18 – 20 a Buenos Aires. Debido a que tenia que parar en Río de Janeiro, hemos perdido tres semanas, por eso el buque “Lord Reglan” que salió días después que nosotros en Dunkerque, llegó 5 días antes a Buenos Aires que nosotros.
Inmigrantes. Foto Museo de los inmigrantes
Algunos días quedamos aún en nuestro barco el “Kile Bristol” en donde fuimos recibidos a bordo por Aaron Castellano y familia. También han traído carne fresca a bordo.
Después fuimos trasladados a un barco más chico y seguimos río abajo. La mitad de los pasajeros del Lord Reglan, fue trasladada en un barco a vapor chico a Santa Fe y alojados en el norte de la ciudad, mientras que la otra mitad abandonaba el puerto de Buenos Aires tres días antes que nosotros y llegamos a puerto de Santa Fe al mismo minuto para anclar.
Los ocupantes de los dos barcos fueron alojados en una ladrillería y fábrica de tejas al sur de la ciudad, donde antes había una fábrica de tejas a vapor.
EL DIA DE NUESTRA LLEGADA A SANTA FE FUE EL 3 DE FEBRERO DE 1856.
Con nieve nos despedimos de nuestra vieja Europa y con tormenta con rayos y truenos hemos entrado en Santa Fe, cayendo abundante lluvia que duró mucho, pues al atardecer, aclaró. Particular impresión nos hizo la cantidad de gente a nuestra llegada al puerto de santa fe. Lucían vestidos de todos colores, en ponchos y chiripas; ver pantalones al corte europeo era algo raro, para decir la mitad de los habitantes vestían a la antigua.
Por los habitantes fuimos recibidos muy bien, nos sirvieron duraznos, melones, higos y todo cuanto fuera posible. Referente a la ciudad, a pesar de ser antigua, su estado no era tan primitivo. En las calles, durante el tiempo seco había mucha tierra y arena, y en tiempo de lluvia, barro y pantanos. Cerca del cabildo, todavía existían ranchos de adobe con techos de paja. Durante nuestra permanencia en nuestro rancho de tejas teníamos constante visitas; nos ofrecieron caballos para andar; así hicimos nuestras primeras pruebas hípicas, lo que a los santafecinos, le resultó bastante divertido: yo monte por primera vez un caballo un tanto valiente, pero no me animaba a cabestrearlo, y así empezó a toda carrera por la ciudad, en cada cuadra dobló por la esquina hasta que me volteó, por suerte había arena, varias veces monté de nuevo pero siempre con el mismo resultado.
Entonces tomé el caballo de las riendas y de a pie se lo devolví a su dueño. Más tarde me enseñó un viejito como tenía que manejar encaballo. Después fue mejor.
A nuestra llegada a Santa Fe, había cinco franceses, de ellos tres hablaban alemán: Bouvier, Paquet, Bondin, Stagne y Lomote. Lomote se instaló una panadería y fabricaba el primer pan francés y repartía el mismo en un canasto a sus clientes a la moda europea.
Italianos había varios, principalmente genoveses. Principalmente tripulantes de barcos, que después de su llegada se instalaron en ésta. Después de nuestra parada de unos 8 días en la fábrica de tejas, fuimos trasladados a mediodía a una parte del conjunto a una colonia. Mujeres y niños en carretas y los hombres a pie. El mismo día después de dos horas llegamos a las afueras de la ciudad desatando los bueyes y nosotros hicimos lo mismo. Dormimos un sueño merecido en la pradera. A la mañana siguiente continuó el viaje. A eso de las 9 o 10 horas nos ofrecieron dos o tres carretas más también con familiares del “Lord Englan” que fueron alojados en una Estanzuela. Así llegamos al mediodía al Río Salado, descargamos los carros para trasladar nuestro equipaje por el Río Salado. Esto se hizo con canoas que cabían solo tres personas. Todo esto duró hasta la tarde, hasta que por fin la caravana reanudó su marcha y así seguimos marchando llegando bien a la madrugada.
A una buena distancia oímos expresiones y movimiento a lo que yo les decía a mis compañeros hay esto o aquello, pueden ser también personas y seguimos adelante.
Tras poco tiempo, al amanecer oímos tocar una trompeta y al mismo tiempo un alegre concierto con aplausos. Era “la Diana” en el Cantón Iriondo, el cual también alcanzamos a la salida del sol.
Nos colocamos en nuestro lugar pero no entendíamos una sola palabra de lo que nos preguntaban y decían. Lo primero que hizo el capitán Rules ordenó entregarnos un medio costillar que estaba colgado a la sombra de un ombú y preparamos un buen asado, al cual le hicimos mucho honor después de nuestra larga marcha.
Era el primer asado preparado a la costumbre criolla. Por fin a las 10 llegaron también las carretas con su carga a destino.”
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